Punto de Vista: Los Cerros

Mercedes Arbesú, nació en Santa Marina, un pueblo del concejo de Siero, Asturias. Periodista de profesión y como opción de vida Mujer Consagrada. Pertenece a la Congregación Misioneras de María Mediadora desde 1992. Ha trabajado en España, Colombia, Malawi y Honduras. Desde septiembre del 2012 reside en el Área 49 de Lilongwe, en la misión que las Misioneras de María Mediadora tienen en la capital de Malawi, África.

por: Mercedes Arbesú

Punto de Vista. Hace un par de semanas contaba mis experiencias al adentrarme en la zona rural que rodea Lilongwe, capital de Malawi. Una buena amiga, periodista y compañera de Radio Progreso, en Honduras, me recordaba mí tiempo pasado en ese querido país Centroamericano y desde entonces tengo en mente poner por escrito algunas de las muchas experiencias que allí viví. ¡Y es una empresa difícil porque se juntan en mi mente tantas y tantas que no sabría por donde empezar!

Sí, claro que sé por dónde comenzar, por mis queridos cerros, por esos lugares plagados de magia, de olor a campo y a café, ese rico café de palo que tanto me gustaba tomar cuando llegaba a las casas escondidas en aquellas comunidades del municipio del El Negrito, en el departamento de Yoro.

Seis años después de haber salido de Honduras recuerdo con total claridad, como si fuera ahora el momento de iniciar la subida al Congo, el desvío de Guaymitas, aquella primera pendiente que me quitaba el aliento y que solo recobraba cuando llegaba el descenso hacia el río porque de allí en adelante tocaba subir y subir.

Puedo seguir con la mente ese camino bordeando el monte desde el que se contemplaban otros cerros, otras comunidades. Camino de sol y sombra, de calor y sudor, de cansancio y descanso, de gente que se cruza, que se para a saludar.

Siempre me gustó caminar, siempre me ha atraído el monte más que el mar, por eso cuando había una oportunidad de ir a las comunidades del cerro, yo siempre estaba lista. Esos cerros me devolvían a mi Asturias y su gente me hacía volver a mi aldea.

Cuando escribo no suelo mencionar nombres pero no puedo dejar de recordar a Doña Chana, la mujer que siempre me acogió en su casa haciéndome ser parte de su familia. Esa casa escondida entre cafetales, en la ladera de aquel monte a la que sólo se podía llegar caminando y caminando sin modo ni manera de hacerlo de otra forma a no ser a caballo; ese era el lugar de mi reposo al que llegaba tras visitar las casas de los alrededores, de caminar, de cruzar ríos, de subir y bajar monte. Todavía puedo saborear sus tamales acompañados de una taza de café pero sobre todo tengo frescas en mi memoria nuestras conversaciones sentadas a la entrada de la casa mientras divisábamos a lo lejos la carretera que bajaba del Congo hacia Guaymitas.

Esas visitas a los cerros me dieron la oportunidad de conocer las alegrías y los sufrimientos de su gente, de escuchar sus historias y de compartir nuestra fe en aquellas celebraciones de la Palabra a la luz de las velas sin importar que fuera noche y que el camino de regreso fuera lago y difícil.

Recorriendo aquellos caminos entrecruzados entendía lo que se vivió en Centroamérica, las injusticias, la violencia desatada en los años setenta y ochenta. Comprendí que entrar en el cerro era entrar en un mundo escondido donde tan sólo quien lo conoce bien tiene el derecho de hacerlo suyo y la dicha de compartirlo con otros.

En los días cruciales del golpe de Estado en Honduras cuando hablábamos del peligro que se cernía sobre los que trabajábamos en Radio Progreso y bromeábamos, por quitar importancia a la amenaza que sentíamos, sobre dónde nos esconderíamos, yo siempre supe donde lo haría: en el cerro, en la casa de Doña Chana. Claro que también sabía que la lealtad y la amistad de mis compañeros impedirían que eso sucediera porque, mientras pudieran evitarlo, nadie me sacaría a la fuerza de la radio.

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